Cumplidos 25 años de su promulgación, superada
la etapa juvenil, entra nuestra Constitución en una fase
donde la sociedad que ha crecido y se ha desarrollado bajo su
amparo, va a preguntarse por diversos temas, importantes sin
lugar a dudas, relativos al orden institucional recogido en
nuestro Estado social y democrático de Derecho. Conviene
en consecuencia recordar y remarcar algunas cuestiones que quizás,
por no estar en el candelero del debate político se soslayan
o trivializan de forma preocupante.
Está generalmente aceptado que la Constitución
Española es la expresión técnica de un
adecuado acuerdo político para la resolución
de problemas de ese orden, pero no estaría de más
recordar que también recoge un acuerdo ético
de adhesión a unos valores universales superiores que
informan todo el ordenamiento jurídico, garantizando
la convivencia plural, protegiendo a todos los españoles
u pueblos de España en el ejercicio de los Derechos
Humanos y estableciendo una sociedad democrática avanzada.
Podríamos afirmar sin equivocarnos que los valores
de libertad, justicia, igualdad, pluralismo y solidaridad
en que referencia nuestro ordenamiento constitucional constituyen
los ejes desde donde se edifica una convivencia basada en
la actitud y virtud cívica de la tolerancia.
Resulta también cada vez más evidente que para
construir la Democracia, una convivencia pacífica y
plural, no basta con convocar elecciones, modificar instituciones,
firmar tratados o desmovilizar grupos armados. Esto aún
siendo necesario, no es suficiente, no basta. Es preciso sobre
todo, cambiar la imagen que tenemos de los demás y
la actitud que mantenemos, transformar el modo de dirimir
los conflictos tanto individuales como colectivos, y hacer
crecer en la sociedad como valor superior la idea de la dignidad
de la persona con sus propias y distintas identidades que
encarna la virtud de la tolerancia.
Nuestra Constitución realizó un giro copernicano
respecto al régimen anterior de larga y penosa dictadura,
estableciendo la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos
y propiciando el respeto recíproco entre las personas
iguales en derechos y libertades. Ha sido en este tiempo la
piedra angular desde donde se ha creado una cultura de la
Tolerancia que reconoce las diferencias y diversidad cultural
desde la igual dignidad de las personas, promueve una actitud
positiva y abierta hacia los demás y enseña
a escuchar, a dialogar y comunicarnos entre todos, una cultura
que en modo alguno implica resignación o pasar de las
cosas, indiferencia frente a las ideas o conductas recriminables
y menos aun, renegar de las creencias o convicciones propias
como afirman los detractores de la Tolerancia u por ende de
la Constitución. Crear una cultura de la Tolerancia
exige fijar los límites de lo intolerable y esto resulta
obvio con el uso de la violencia, la lesión de los
Derechos Humanos o las conductas fanáticas que en todos
los órdenes destierra la Constitución.
Hoy en diferentes cenáculos políticos se habla
a menudo de la reforma o no de la Constitución, de
problemas territoriales, de superación de modelos autonómicos,
de soberanías compartidas ... y hemos de convenir al
respecto, son ningún prejuicio de fetichismo constitucional,
que cualquier debate ya de ser muy claro, transparente y diáfano
en lo que hay que reformar, en lo que ha de ser consensuado
y en lo que seriamente ha de ser modificado para mejorar la
convivencia cívica y el ejercicio democrático,
si no es así corremos el riesgo de falsear el debate,
dañar el espíritu de la Tolerancia que se ha
desarrollado en España y golpear la convivencia democrática
que hemos construido.
La Intolerancia por el contrario, es uno de los grandes desafíos
que debemos hacer frente ante el umbral del siglo XXI, es
un problema ético u político a la vez. Es la
raíz de donde brotan actitudes políticas, económicas,
culturales y sociales que dificultan las relaciones humanas
y perjudican gravemente a grupos sociales u personas, socava
los principios democráticos y hace planear una amenaza
sobre la convivencia pacífica, se alimenta de la anomia
social y de la ausencia de una ética global y en general
va siempre ligada a manifestaciones de odio, marginación,
discriminación, segregación y violencia.
En España aún hay muchas víctimas de
la intolerancia, como evidencian los atentados terroristas,
los crímenes que padecen mujeres, niños o jóvenes
víctimas de la sinrazón de la violencia cruel,
los grupos sociales excluidos y desfavorecidos, los más
pobres, los inmigrantes, las víctimas de desastres
naturales ... a todos ellos les queda la esperanza de justicia,
del cumplimiento del ordenamiento constitucional. En consecuencia
y de acuerdo con los principios rectores: de la Constitución,
los poderes públicos deben establecer políticas
eficaces de protección e integración social,
mejorar las condiciones para el progreso social y el pleno
empleo, promover la calidad de vida, la seguridad ciudadana,
el acceso a la cultura, el disfrute de un medio ambiente sano
y el desarrollo integral de las potencialidades humanas, todo
ello fomentando la indispensable solidaridad colectiva u garantizando
el cumplimiento de los Derechos Humanos para todos, como la
forma más adecuada de seguir avanzando por la senda
de la Constitución , el camino de la Tolerancia.
Esteban Ibarra. Presidente de Movimiento
Contra la Intolerancia
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