Lo último es vender la libertad del corazón, en todo
caso se dona, y tragar lenguajes impuestos. Ante estos aires de esclavitud
que nos crucifican el alma, vengo a reivindicar la defensa de los
sentimientos, que al igual que la creatividad, es una protección
del sujeto como tal. La persona puede cultivarse de muchas maneras,
pero la humanidad se alcanza por el corazón. De sus latidos
nacen los buenos sentimientos, los que nos unen a verso limpio y con
la voz clara. Jamás el interés, que tanto mueve a la
sociedad actual, puede crear un capital de emociones duraderas y situaciones
placenteras. Todo está sometido a la ratio de la rentabilidad
para desgracia de las pasiones puras, las que no tienen edad y siempre
están naciendo. Nos pueden los instintos más bestias.
Desdeñamos que el amor es la única cosa que casa con
una moneda acuñada por uno mismo. La epidemia de matrimonios
de conveniencia, tan de moda hoy, suelen durar lo que una tarta en
el patio de un colegio. Se ha viciado esa donación de sí
en el amor, que no cabe alimentarlo de regalos, sino de entrega, de
lo contrario estará siempre hambriento.
Muchas cosas hay misteriosas, pero ninguna tan oculta como la humanidad
misma, que no se quiere ni así misma. Alguien dijo, entre
congoja y conmoción, cuanto más hablo con los hombres,
más admiro a mi perro. Por ello precisamos, el verdadero
honor de la persona, que como bien apuntó Jovellanos, radica
en el ejercicio de la virtud y del cumplimiento de los propios deberes.
Ante tantos desajustes de vida, se necesitan otros poderes, más
de alma; y otras podas, más de apertura, para que la luz
nos penetre otras sensaciones. El universo del arte y los jardines
del pensamiento, es una buena estrella para la reflexión.
Por ello, cuesta entender la pasividad de los voceros de la cultura
contemporánea, afanados antes en desmantelar esa creatividad
inconformista propia de cada ser humano, oficiada con otros guiones
distintos a la oficial que les han dictado para mantenerse al lado
del pesebre, más que en salvar la quema de sentimientos nobles,
aquellos que tanto nos ayudan a salir de la charca del desencanto
que nos encharca la vida a sangre fría.
Hemos perdido todos los sentimientos amorosos del alma en una
selva de contiendas sin sentido, los afectos y gratitudes también
los tenemos olvidados en el baúl de los recuerdos. Somos
un caso en el ocaso de los sentimientos. Hay que alumbrar antes
que vislumbrar, o lo que es igual, sentir antes de penetrar para
comprender. Nos gobierna la superficialidad ante los males ajenos,
el deseo de cumplidos, de quedar bien ante los ojos de los demás,
cuando debiéramos tomar una determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común y por
el propio sentimiento de cada cual, para que todos seamos verdaderamente
una piña que todo corazón encuentra cuando pide clemencia.
Frente a esa sensación de que nada nos estremece, el idioma
del corazón nos otorga un valor especial a la existencia,
que necesitamos cultivar en nuestras acciones y reacciones, opciones
que nos conducen a mejor rastro de vida y rostro de persona.
Se dice que la persona se conoce por el corazón que lleva
consigo, por lo que hace. Algunos lo han perdido por completo. El
auxilio no va con ellos. Para botón de muestra, ahí
está la proliferación de accidentes en la carretera,
en cantidad masiva provocados por personas que no poseen seguro,
ni documentación alguna de conductores, que encima se dan
a la fuga, dejan tirado como un animal a sus víctimas, y
se quedan tan frescos como si nada hubiese ocurrido. Cuando el corazón
es bueno, todo puede corregirse, pero hay demasiado corazón
helado, porque la sociedad misma es un iceberg. La fórmula,
el alma en la vida y la vida en el alma, puede ser un buen antídoto
para que el amor por los demás no quede contaminado por egoísmos
absurdos. Enseñarlo en familia y en la escuela, con el testimonio
del ejemplo, es ayudar a que el mundo no vaya al abismo. A veces,
se percibe una atmósfera sin corazón y un clima sin
latidos, que nos dejan sin aliento y con el sentimiento de no estar
seguros en ningún lugar. Si hubiera un sitio en el corazón
de cada cual, seríamos una casa más gozosa. Lo selló
Miguel de Unamuno, con estas bellas palabras: "Siente el pensamiento,
piensa el sentimiento".
Hay tantas cosas que no pueden juzgarse sin corazón, que
cuando falta o falla, de poco puede servirnos el sentimiento de
presentar una España económicamente satisfecha, si
olvidamos la otra orilla humana, más importante que la anterior,
para no acabar zumbados. En esto, andamos tan descarriados como
vencidos por la incongruencia. El sentimiento del mundo, de hecho,
lleva a emerger, a abrirse camino a cualquier precio y moneda. La
prepotencia se dispara y las frustraciones nos arrojan al fango
de la depresión. Ya se sabe, que si la ciencia avanza al
hombre, el sentimiento le conduce a la conciencia. Ambos deben ir
unidos para un mejor coexistir y que la humanidad crezca con humanidad.
¡Qué difícil resulta hoy en día ser persona,
sin personalismos, para perfeccionarse antes consigo mismo!
Nos pide a gritos el alma, una coexistencia respirable, promovida
desde la verdad. El corazón tiene razones, en un mundo gravemente
enfermo (y enfermizo), que la razón no toma en cuenta. A
poco que miremos, con una mirada de amor, veremos discriminaciones
a raudales, corazones insensibles aparcados en la cuneta del asfalto,
que para nada ennoblecen la vida de nuestra sociedad, entornos donde
la humillación se ha convertido en una norma, y pocas manos
disponibles para la ayuda desinteresada. Según está
el patio de horrores y errores, todavía matamos las ideas
a cañonazos y ponemos las esposas a creencias que tienen
como mandamiento primero, el amor al prójimo como a ti mismo.
La torpeza nos extirpa decencias y nos aplasta las esencias de una
vida honesta. Así no se puede caminar con alegría.
Víctor Corcoba Herrero
-Escritor-
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