Organismos, instituciones y movimientos internacionales, nos participan
a diario la comisión de gravísimas violaciones a los
derechos humanos. Los medios de comunicación también
nos ofrecen buenas dosis de lamentos, angustias y terror. Los juicios
injustos y las torturas, cada día más a la orden del
día, nos sobrecogen y horrorizan. Ante esta ola de calvarios
que el mundo soporta, uno llega a pensar que tal vez sea mejor que
le odien con tal de que le teman. Puede que no sea fácil enarbolar
la bandera en favor de los débiles, pero tenemos que aprender
a vencer el miedo. Hemos de hacer frente al avispero de inseguridades.
Nada es tanto de temer como el temor.
Entre tantos fuegos se necesitan muchas manos, cuantas más
mejor, para extinguir el océano de llamas que nos circunda
y padecemos. De nada se ha de tener tanto miedo como del miedo a
no ser uno mismo. Corremos ese pavor, mal que nos pese. Por eso,
se precisa de toda ayuda que nos mantenga unidos y fuertes en la
protección a la vida, fuere donde fuere, donde habitase un
ser humano. Ante el estado de crueldad que vive el mundo, es un
respiro a la paz, que se reúnan e involucren dirigentes políticos,
académicos, intelectuales y movimientos sociales, como fomenta
el Centro de Convenciones Internacional de Barcelona. Es todo un
ejemplo a seguir.
Más que nunca, con toda urgencia, se necesita que impulsemos
foros de discusión para el intercambio de ideas. Sólo
así podremos favorecer el entendimiento mutuo, la tolerancia,
la prevención de conflictos, o parar las contiendas. En las
guerras no hay vencedores, ni vencidos, sino necedad cobarde para
afrontar los problemas. El resultado siempre es el mismo, una matanza
entre personas que ni se conocen ellas mismas. Ante el diluvio de
atentados contra el género humano que se vienen produciendo,
donde ya nadie está seguro en ninguna parte del mundo, se
precisa fomentar la escucha entre Oriente y Occidente, en base a
mucho diálogo, nada de recelos, que conversar es una forma
bella de versar la vida. O lo que es lo mismo, una medicina para
el corazón aletargado en el dolor.
Cualquier encuentro o motivo es saludable para avivar ideales
de convivencia, comprensión y tolerancia. Esa atmósfera
comprensiva la pide a gritos el mundo de hoy. Y para ello, es importante
salvaguardar los derechos más naturales, los inherentes a
todo ser humano por el hecho de serlo. Aquí el mundo no puede
claudicar. Es una vara de medir imprescindible en la vida, tanto
para los culpables como para los inocentes. La negación de
juicios justos es la mayor de las injusticias, una golfería
macabra que se vuelve contra el sosiego. La lluvia torrencial de
abusos e hipocresías poco ayuda a que las tensiones dejen
de estar tensas. Una buena noticia para aflojar nerviosismos, es
la patrocinada por Amnistía Internacional, que se ha comprometido
a reavivar y revitalizar la concepción de los derechos humanos
como un poderoso instrumento en la consecución de cambios
concretos. Esa es la línea a seguir, la del acatamiento a
unos principios básicos que nos permitan vivir los unos con
los otros. A veces el lobo no teme al perro pastor, sino su collar
de clavos. Esas claves de convivencia han de ser sagradas para todos,
y como tales, temidas y respetadas por todos.
Decía Alonso de Ercilla que "el miedo es natural en
el prudente, / y el saberlo vencer es ser valiente". Hay que
serlo, para tirar por tierra las abundantes casas del horror del
mundo, donde se practica la tortura y el genocidio, la violencia
y violaciones, rudezas a mansalva puestas en escena al más
cruel estilo leonero. El desalentador panorama que nos ofrece la
tele, o que vivimos en primera persona, me ratifica en la premura
de actuar desde los derechos humanos, los que nos debieran educar
a todo el planetario. Debiera ser disciplina común en todos
los estados y naciones. Es bueno formarse en ellos e informarse
sobre ellos. Alimentarse de ellos y alentarse en ellos. Seguro que
criados a la sombra de su ejemplo, no haría falta tantos
adiestramientos de ejércitos, ni tantas guerras inútiles
para mover al mundo hacia la concordia.
Retornando a los muros de la patria nuestra, que un militar se
despida del cargo hablando de mentiras, venganzas y deslealtades;
que los políticos se entrometan en los medios de comunicación
dictando sus prioridades informativas; que la justicia sea más
lenta que un tren de vapor; que la sanidad no tenga habitaciones
ni camas suficientes para los enfermos; que los padres no puedan
elegir el tipo de educación que quieran para sus hijos; es
una retahíla de despropósitos que se dan para desgracia
de todos. Podríamos llenar cientos de periódicos con
miles de abusos. Por eso, digo una vez más, hay que vencer
miedos, plantar cara y si es preciso dar un puñetazo en la
mesa de algún despacho, reclamando con firmeza los incumplidos
derechos y libertades constitucionales.
Víctor Corcoba Herrero
-Escritor-
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