Tras una semana de tensión marcada por el segundo
episodio de la reunión entre el dirigente independentista
de ERC y la organización terrorista, resulta pertinente
realizar una reflexión ética sobre el alcance
de esta conducta política. El macabro comunicado de ETA
es un mensaje que anuncia dolor en toda España, menos
en Cataluña, condenando a la tensión y al miedo
a toda la ciudadanía española, y humillando a
los catalanes, que se han movilizado activamente contra el terrorismo.
No olvidamos que dos días después del atentado
de Vic en el que los terroristas asesinaron a nueve
personas, cinco de ellas menores Carod-Rovira escribía:
En nombre de mi partido os pedí formalmente que
no actuaseis más en mi país. Habéis respetado
la petición seis meses. Ahora sólo me atrevo
a pediros que, cuando queráis atentar contra España,
os situéis previamente en el mapa. Esta inmoral
posición, reiterada verbalmente, además de irresponsable,
debería de estar fuera de la política democrática
y en modo alguno ser minimizada o apoyada, como ha sucedido
con el cierre de filas de su partido. Sólo así
quedará claro lo que no puede hacer, ni decir, un político
democrático.
Desde una lógica ciudadana, hemos entendido el acuerdo
por las libertades y contra el terrorismo no sólo como
un acuerdo político entre los dos partidos con responsabilidades
de gobierno, sino como un compromiso con los ciudadanos, siempre
víctimas de la amenaza sangrienta y del temor a que
se subvierta el orden democrático. Es imprescindible
no aceptar ningún objetivo político que pueda
reclamarse en democracia mediante coacciones o asesinatos.
Y, para garantizar este principio, se reconoce al Gobierno
de España la capacidad de dirigir la lucha antiterrorista.
Esto no compete, según el sentido común cívico,
a ninguna organización particular, sea independentista
o no.
Sin embargo, parece que detrás de esa actitud que
niega la más elemental ética ciudadana sólo
existiera una voluntad de diálogo (sentimiento que
recoge Carod con el lema electoral Hablando se entiende
la gente). Y no es verdad. De entrada, ningún
demócrata se niega a mantenerlo, porque ésta
es la esencia de la democracia. No se debe falsear la realidad:
quienes niegan el diálogo son los que están
en la dialéctica de las bombas; quienes están
en la dialéctica de la palabra, se sitúan en
las instituciones, como el parlamento y los medios de comunicación
libres, y no amenazan ni provocan que 200.000 vascos se autoexílien
buscando libertad. Diálogo, sí, pero democrático,
porque con quien asesina, sólo cabe el peso sancionador
de la ley.
Lo que reclama el dirigente independentista con los terroristas
que, no olvidemos, llevan casi mil asesinatos a sus
espaldas no es diálogo, es un mercado sin límites
que quiebre la democracia de nuestro país. No se debería
faltar ni insultar la inteligencia de los ciudadanos. Como
tampoco el portavoz de ERC, Joan Puigcercós, debería
faltarnos, al manifestar: En Madrid poca gente trabaja,
y la rumorología es quizás su dedicación
principal durante el día, en un gesto más
de su prejuicio xenófobo nacionalista. Por favor, no
nos insulten más y tengan un poco de vergüenza.
Esteban Ibarra
-Presidente del Movimiento contra la Intolerancia-
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