A lo que hemos llegado y lo que queda por venir. Hoy
me caso porque me ha dado por ahí y mañana me
descaso si la cosa no cuaja. Es como un carnaval diario, de
plantes y desplantes, de amores fingidos y de seriales carnavalescos.
El noviazgo ya no existe. Del catre, se adviene vivir juntos,
que es lo progre. Y luego pasa lo que pasa, que nadie conoce
a nadie, a pesar de tantos desnudos de cuerpo, que no de alma.
En esa casa, que no es la del amor, nacen niños. Y empiezan
los problemas. Las malas caras. Los carotas y caraduras. De
carantoñas ya nada. Las uñas largas y el corazón
frío. Los mazazos y cortes de aire. Las maletas de niños
de aquí para allá, a la orden del desorden. Todo
patas arriba. Vueltas y revueltas de odios y venganzas. La chirigota
está servida. Se sirven de los niños y los niños
dejan de ser niños.
A rey muerto, rey puesto. El papi ya tiene rehecha su vida con
otra mami, con la que se veía descaradamente. A su vez,
la amante, tiene hijos de otros casorios. El batallón
de nenes y nenas, duda de sus verdaderos progenitores. Han crecido
entre cuernos y cornadas. Por su parte, la mami, despacha con
despecho al papi de sus hijos. Acude a la cirugía estética.
Quiere volver a ser la veinteañera que fue. Para olvidar
el tiempo perdido, coquetea con un amigo de dieciocho, rescatado
de Internet que, para colmo de males, resulta ser bisexual.
Lo relatado es tan real como la vida misma. Presumen que son
de la alta sociedad, aunque su comportamiento sea de bajura
y de navajas. Son los navajeros del amor. Parece que la pobreza
une más de corazón. Las crisis matrimoniales suelen
resolverlas mejor. Lo del matrimonio para toda la vida comienza
a ser un imposible. Se da más en los ciudadanos de alto
poder adquisitivo, según reflejan estudios realizados
al respecto. Acuden a los tribunales eclesiásticos, no
se cortan, tiran de amigos y de talón, se hacen los/as
víctimas y los/as incomprendidos/as. Se empapan las causas
de nulidad y se anulan hasta la dignidad, si es posible, con
tal de conseguir quedar inmaculados. Olvidan el vínculo
matrimonial, el compromiso contraído, y, más de
uno acaba echando pestes a los curas, cuando en vez de compadecerse,
les remata, sobre su relativa presunción de validez matrimonial
en caso de duda, sino se prueba lo contrario.
Ya es hora, pues, que todos los poderes constitucionales a una,
aúnen sus ayudas, y no marginen el auxilio a esos matrimonios
con dificultades. A pesar de tantos desajustes, las estadísticas
nos dicen que son muchas las parejas que quieren casarse por
la Iglesia Católica. Ante tanto festín verbenero,
también se entiende, que los curas rehúsen casar
a la ligera, sin profundizar con los contrayentes en el verdadero
significado del matrimonio, tan distorsionado, hoy en día,
como el amor, para desgracia de todos. Creo que está
bien no ceder a una visión meramente protocolaria de
alianzas y consorcios, o de modismos, llamando a las cosas por
su nombre, para evitar confusiones que confunden a la prole
e irresponsabilidades venideras. Que yo sepa, los hijos son
cosa de dos. Al igual que de los dos cónyuges, su educación.
Son los principales educadores. Y así, tanto la paternidad
como la maternidad, obligan. Esto lo ignoran muchos que un día
decidieron unir sus vidas.