El reflejo del mundo, sumido en violencias y consumido por bombas,
debe hacernos reflexionar, cavilar y corregir nuestras actuaciones,
sobre todo aquellas partes del mundo que se parten la cara,
y que, para enderezar los caminos de la vida, no conocen otro
que la fuerza de las armas. Salta a la vista que el escarmiento,
o la venganza, no sirve para nada. Si cabe, nos encabrita más.
Yo creo que sería más efectivo, conocernos antes
para reconocernos en un mundo más de todos. Pienso, además,
que se precisan gentes de palabra que nos iluminen en los nuevos
rumbos que nos han tocado vivir. Ya don Quijote, preceptivamente,
le recomienda a su escudero Sancho, que ponga los ojos en quién
es y qué se reconozca para conocer. Salvando las distancias,
también Zapatero le recomienda a su gente que ponga los
ojos y los oídos en la calle. Ya veremos si responden
sus vasallos. Razón no le falta. A veces, es cuestión
de mirar y de saber mirar, de verse en los demás y de
meditar sobre qué hacer y cómo hacer, para amortiguar
los berrinches caprichosos de aquellos que nos quieren aguar
la fiesta de la vida. Los arrebatos tozudos de los poderosos
son para temerles.
Los últimos reflejos del mundo, nos muestran unos
pensamientos que nos desbordan y superan la ficción.
Nos cuesta un riñón, y parte del otro, interpretar
los desórdenes, las luchas inútiles en favor
de una justicia que se impone por violencia, los juicios sin
juicio. Ni el común de los juicios se aplica. Antaño
los exploradores navegaron para descubrir nuevos mundos. Hoy
nos hace falta, como agua de mayo, una legión de exploradores
que nos insten a explorarnos por dentro, para luego, ser capaces
de explorar a las distintas razas humanas, a fin de detectar
los múltiples trastornos que padecemos. Fallamos en
el mundo de las relaciones humanas, porque nos saltamos, a
la torera, todos los pactos morales. Nada nos importa. Nos
quedamos tan frescos. Olvidamos ponernos en el lugar del otro,
y a veces somos tan atrevidos, que lo colocamos en el lugar
que más nos interesa. El refranero refrenda lo dicho:
porque te quiero Andrés, sino por el interés.
Desde luego, es una manera de actuar perversa, que nos pervierte
y deprava. ¿Cómo podemos pensar por los demás?
Mientras unos pasan de la vida y del mundo, otros tampoco
se miran al espejo del corazón. Se instalan en el delirio,
en lo importante e imprescindible que son en la vida. Se sienten
las manos de todos. Y a sus manos nos encomendamos como perritos
falderos. Eso les pasa a muchos políticos. Se creen
los reyes del mundo. Marginan el poder consensual del lenguaje,
la comunicación entre nacionalidades y regiones, el
habla de cada cual como instrumento para entenderse. Sé
que esto necesita tiempo, el que no tenemos, el que nos han
robado los mandamases. Nadie incita a la reflexión,
a ser sujetos con voz y pensadores de cátedra viviente.
Al poder no le interesan los sabios. Al diálogo hay
que darle su trago de verbos, adjetivos y nombres. Rumiar
y remar mar adentro no está de moda. Las prisas nos
han devorado todo, hasta el romanticismo de salir a conquistar
un beso de los labios de la luna, y así percibir el
aroma del aire, la pureza del amor, la semántica de
las flores.
Yo confieso que, desde hace un tiempo, busco el tiempo para
la reflexión, por decreto del alma. Me lo pide la conciencia,
que es una ciencia paciente, que provoca la ilusión
de la vida, la que tanto nos falta a diario en los cafés
de la siesta. Cuando se ha perdido la conciencia del yo en
los demás, difícilmente podemos ver la conciencia
del mundo. Todo parece un delirio. Ahí están
los delirios de persecución, los falsos salvadores,
los guerrilleros que exaltan fanáticamente a sus jefes
carismáticos. Convendría discernir sobre esas
pasiones sectarias, que nos quitan libertades, como si fuéramos
una propiedad de alguien, una impura y dura mercancía,
en definitiva.
Para más freno de libertades de movimiento se extreman
las medidas de seguridad, ante un mundo totalmente inseguro,
a pesar de estar armado hasta los dientes. El problema no
es ganar batallas, o librar luchas, sino el de ser capaces
de reflexionar. Cuando la detonación de palabras se
hace estridente, como el momento actual que soportamos, la
única manera de apaciguar los aires es callándose.
Todo lo contrario a la altanería que practican algunos
gobiernos y gobernantes. De nada nos sirve la sabiduría,
si luego el raciocinio se oxida, si el hombre cede y no busca,
ni se interroga en la evidencia. El ser humano deja de ser
humano si no percibe los reflejos del mundo, si no reflexiona
y demanda una explicación para cada cosa. Si renunciamos
a ser sujetos pensantes, díganme, de qué nos
sirve tanto saber. A sabiendas de que, sin una sólida
conciencia reflexiva (y recíproca), arraigada a los
valores de la ética, el mundo es una mentira y el hombre
un ser hambriento de verdad.
Víctor Corcoba Herrero
-Escritor-
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